El cura del pueblo vecino, que tenía en su iglesia una estatua milagrosa de noviembre de San Isidro, la sacó en solemne procesión a mediados de noviembre. El santo labrador vestido de poncho y de pantalón remangado, la cabeza cubierta con un bonete maulino, armado de una picana y en actitud de arrear una yunta de bueyes unida al arado, recorrió sobre unas andas llevadas a hombros por seis robustos feligreses los alrededores de la población, a fin de imponerse de los estragos de la sequía… Pero fué inútil esta apelación a los poderes celestiales por intermedio del santo patrono de la agricultura. Según una interpretación de don Elías, San Isidro se hacía el sordo, porque los grandes agricultores lo habían echado en olvido, para dirigir sus peticiones únicamente a la Caja Hipotecaria…
Pero al fin, quince días más tarde, cuando ya no era posible, desgraciadamente, atribuir el hecho a un milagro del santo, el cielo envió una lluvia que, aunque primaveral, fue digna del más crudo invierno por su abundancia y su persistencia.
Sin más anuncio que unos cuantos nubarrones negros y unos cuantos truenos sordos hacia el lado de la Cordillera, el cielo se obscureció a media tarde y empezó a llover. El agua no caía gota a gota sino a chorros que azotaban ruidosamente las tejas y el zinc de los techos, los muros resecos, los vidrios de galerías, puertas y ventanas, y que lavaron en pocos minutos las hojas polvorientas de los árboles. Al cabo de algunas horas, los potreros y aún los campos sembrados, hartos ya de absorber agua, se convirtieron en lagunas que se vaciaban en la hondonada del río, arrastrando a su paso plantas y cercos.
Don Exequiel, improvisado agricultor santiaguino que arrendaba un fundo cercano, estaba esa tarde de visita en el Romeral, acompañado de su hermana Pinita.
-Aquí no hay camas para alojados, les decía en broma don Elías. Tendrán que irse navegando en el cacharro por esos caminos…
Los caminos, en efecto, eran verdaderos torrentes tanto por el agua que recibían de las nubes, como por la que vaciaban en ellos los canales que corren por sus orillas.
El viento, como un mounstro invisible y airado, doblaba hacia el suelo con su aliento las copas de los arbustos, asolaba las yerbas, desgajaba las ramas de los árboles, hacía crujir sus troncos, silbaba entre las hojas y aventaba a lo lejos el techo pajizo del galpón de los animales. Sólo en aquellas regiones donde la naturaleza conserva todavía gran parte de su independencia y poderío puede admirársela en esas crísis violentas, cuando sufre esas convulsiones de rabia incontenible, en las que parece buscar su propia destrucción y en que creería que tiene una voluntad razonada para combinar sus elementos contra todo lo existente.
Al anochecer la lluvia y el viento arreciaron y los forasteros declararon que se quedarían aunque don Elías quisiera echarlos. Aunque a estas bromas siguieron otras, ni la comida ni la velada fueron esa noche alegres en el Romeral. Aquel desequilibrio de la naturaleza pesaba sobre el ánimo de todos y extinguía el deseo de charlar o de reír. Pinita sentía miedo de los aullidos del viento, y no soltaba la mano de Isabel, la mayor de las niñas de don Elías, y Mina, la menor, a cuyo cargo corría la victrola, se negó a poner discos. A pesar de la frivolidad de sus quince años, habló como un filósofo:
-¿Para qué? Sería ridículo. La música de los truenos es mucho mejor. Es la música de Dios.
Hasta Toño, el joven administrador, retozón y chistoso de ordinario, comió en silencio, y de sobremesa habló seriamente con don Elías y don Exequiel sobre los probables perjuicios del temporal.
Al día siguiente nos levantamos todos temprano para ver los estragos de la tempestad, que continuaba con igual furor que en la tarde y en la noche anteriores, y a indicación de Toño nos reunimos después del desayuno en el corredor trasero de la casa, que da vista hacia el río y hacia la isla que se forma entre dos de sus brazos. El campo era un lago inmenso que se vaciaba por mil torrentes en la hondonada. Varios árboles frutales habían caído, y otros muchos estaban desenganchados y las frutas verdes cubrían el suelo. Tres o cuatro colmenas habían desaparecido de la ladera donde estaba el colmenar; la mitad del techo de teja-vana de la pajera había volado, y un muro del gallinero estaba todavía en comienzos y que, sin embargo, exigía ya gastos cuantiosos para ser reparada.
Cuando fijamos la atención en el río quedamos aterrados. Aquel no era ya el riachuelo que podía atravesarse saltando de piedra en piedra y cuya mansa corriente se deslizaba tranquila entre los guijarros, bajo las ramas de las pataguas. Era un mounstro rugiente que llenaba casi toda la hondonada, que se revolvía furioso, que se había tragado todos los árboles y todos los cercos de sus orillas, incluso la arboleda frutal, y que extendía sus aguas turbias y alborotadas hasta veinte o treinta metros del corredor desde donde lo contemplábamos. Su vertiginoso caudal abarcaba una anchura de más de dos cuadras, y arrastraba multitud de objetos informes que aparecían y desaparecían dando tumbos en la corriente.
-Son maderas labradas, dijo don Elías. Vienen de los aserraderos de la montaña.
Después pasaron techos de totora y pobres muebles destrozados.
-Son casitas montañesas, dijo don Elías con voz conmovida. ¡Qué Dios haya tenido compasión de los que vivían en ellas!
Después de esto pasaron cadáveres de animales. Los flancos de un buey pardo aparecían y desaparecían entre las revueltas aguas. Al verlo, Toño experimentó un brusco sobresalto, se puso pálido y miró fijamente hacia la isla Don Elías, asaltado por el mismo pensamiento, le preguntó:
-¿Dónde están los bueyes de engorda, Toño?
-Están en la isla, Don Elías. Anoche me olvidé de hacerlos sacar.
La noticia era grave. Se traba de seis animales de excepcional corpulencia y en estado ya de ser llevados a la feria, donde los compradores se los habrían disputado como empeño. Pero más que la pérdida material, lo que sentía don Elías era, sin duda, lo que dejaría de ganar su fama de productor y el buen nombre del Romeral como fundo de buenos talajes.
La isla no estaba cubierta del todo por las aguas, pero lo estaría pronto si seguía lloviendo en aquella forma. Al través de la cortina espesa de la lluvia se alcanzaba a ver la parte más alta, y allí, entre los arbustos, unas manchas obscuras que buscaban una salida y no la encontraban, pues la puerta del cerco que rodea la isla estaba cerrada.
La lluvia arreciaba y el río crecía a ojos vistas. Ni don Elías tuvo para Toño una palabra de reproche, ni éste para aquél una de disculpa. Pero el joven miraba al patrón repetidas veces como si quisiera dirigirle una súplica que se negaba a salir de sus labios temblorosos. Su conciencia lo acusaba de una falta grave, y habría deseado que don Elías lo recriminara, lo insultara, lo golpeara, pues la impunidad en que lo dejaba se le hacía intolerable. Al fin no pudo ya sufrir más esa situación mortificante, y tomando coraje dijo con voz resuelta:
-Don Elías, o me mata a palos, o me da permiso para ir a sacar los bueyes. El Artillero es buen nadador…
Don Elías vaciló Aunque conocía y apreciaba el temple moral y el vigor físico del muchacho, no lo creyó capaz de realizar con éxito una empresa como aquella. ¿Era justo, por otra parte, arriesgar una vida por evitar una pérdida de dinero o una mortificación en el amor propio? Don Elías iba a formular una enérgica negativa, pero en ese momento miró fijamente a Toño y vaciló de nuevo. Había en el rostro del joven tal expresió de súplica y a la vez de poderosa resolución, que al patrón le pareció que veía aquella cara por primera vez y leyó en aquella alma como en un libro abierto: él habría hecho lo mismo en un caso análogo. Antes de quedar bajo una inculpación de su propia conciencia, habría realizado cualquier sacrificio. Le dirigió, pues, una mirada en que se mezclaban la firmeza y la ternura y le dijo sencillamente:
-Anda.
Todos intentamos oponernos amistosamente., pero ya no era tiempo. Toño corrió hacia el galpón de los animales y volvió a los pocos minutos montado en pelo de un caballo menudo y enjuto, penetró bajo el corredor, descendió de un salto, puso al Artillero, en vez de freno, un simple bozal sin cabezada, se descalzó y se desvistió de cintura arriba conservando sólo una delgada camiseta que no estorbaba sus movimientos, y cuando ya todo estuvo listo acarició el caballo con palmaditas en el anca y en el cuello, saltó sobre él y se dirigió hacia el río. Antes de entrar al agua se persignó. A pesar de la copiosa lluvia, don Elías lo siguió hasta la orilla, y se quedó allí observándolo con cierta ansiedad pintada en el semblante. El artillero hacía honor a la recomendación de Toño, pues nadaba muy bien, y su jinete lo guiaba con mano firme y segura. Cortaban la corriente al sesgo y se dejaban en parte arrastrar por ella, pues la isla quedaba dos cuadras más abajo. Pero al llegar Toño a la parte en que le agua corría con mayor fuerza, se notó en él cirta vacilación. Era indudable que la corriente lo arrastraba contra su voluntad y que el Artillero no podía recobrar la dirección.
Don Elías miraba con avidez. Tal vez sin darse cuenta de ello, se había quitado el sombrero, dejando que el viento y la lluvia mojaran y revolvieran su cabellera gris. Al ver el peligro que corrían el jinete y su cabalgadura, hizo bocina con la mano y gritó:
-¡Alivia el caballo, Toño!
Pero Toño no pudo oírle, sin duda, a causa del rugir de las aguas y del huracán.
Momentos después el busto de Toño dejó de verse sobre el lomo de su cabalgadura, y todos llegamos a creer que la corriente lo habría desmontado y quizá arrastrado; pero luego los ojos penetrantes de Mina lo vieron nadando con una mano y asido con la otra a las crines del Artillero, y así se lo hizo saber a don Elías.
-Bien hecho, dijo con un suspiro de alivio. Era lo que yo le gritaba. Así descansa el caballo y puede nadar mejor. Pero si la corriente los separa…
De pronto algo terrible e inesperado vino a complicar la situación: un árbol entero, un roble o un colihue, con sus raíces, su tronco y su ramaje, era arrastrado por la corriente. ¿Lograría evitarlo Toño? ¿O aquel árbol lo golpearía y lo arrastraría entre sus ramas o raíces?
Don Elías, al ver aquello, se puso lívido. ¿El valiente muchacho fracasaría, después de haber luchado tan heroicamente, ante un obstáculo inesperado, fuera de toda previsión? ¿No era Dios mismo quien ponía aquel obstáculo para producir la catástrofe y condenarlo, a él, por haber autorizado aquella temeridad, a eterno remordimiento?
La religiosidad que dormía casi olvidada en el fondo de su conciencia, se despertó en aquel momento, pues levantó un brazo y extendió la mano en actitud de bendecir al nadador, y se le oyó exclamar:
-¡Sálvalo, Señor! ¡Virgen Santísima, favorécelo!
Y después apartó la vista del río, como si no tuviera valor para ver la tragedia que crecía segura, y a paso lento volvió a refugiarse en el corredor.
Pero la tragedia no se produjo. Toño, según explicó después, vió a tiempo el árbol que se le venía encima, calculó su trayectoria y pudo evitar el encuentro, gracias a la docilidad y al instinto del Artillero que, obedeciendo a la presión de la mano, se desvió de la dirección que traía y nadó aguas arriba hasta que el peligro hubo desaparecido. Y pocos minutos después Toño y su cabalgadura asentaban pié en la isla.
La vuelta fue cosa fácil. Apenas libres de su encierro, los bueyes se apresuraron a echarse al agua, buscando con admirable instinto la vía menos peligrosa, por laque nadaron con calma, casi dejándose arrastrar por la corriente, hasta que tocaron tierra en un remanso formado por una curva del río, a varias cuadras de las casas del Romeral. Antonio, nadando siempre al lado del Artillero y asido a las crines de su cuello, los seguía de cerca, estimulándolos con sus gritos.
Cuando el valiente muchacho llegó al corredor en que permanecíamos los testigos de su hazaña, nadie pudo felicitarlo, porque se escabulló rápidamente hacia su cuarto; pero cuando, ya vestido, llegó allí para atender al fiel compañero de su temeraria expedición, don Elías se le acercó y lo abrazó efusivamente diciéndole:
-Eres todo un hombre, Toño
Y Toño le respondió con la mayor sencillez:
-Gracias, don Elías. ¿No le decía yo que le Artillero es buen nadador?
Y mientras todos acudíamos a estrecharle la mano, Mina corría, gritaba y brincaba en torno del joven y del caballo:
-¡Bravo, Toño! ¡Viva el Artillero!