Nada tienen de infundado, amigo mío, las sospechas con que terminaba mi carta anterior. Mi parroquia es un campo de Agramante, y harto me ha costado deslindar los bandos en que se divide. El primer alcalde, don Bruno, como creo habértelo dicho, está relacionado por su mujer con los Alarcones y los Albornoces, y pertenece, por lo tanto, al partido de los fundadores, del cual forman también parte los municipales de la mayoría, que en política siguen las banderas alcaldicias. El subdelegado y los demás ediles no tienen sangre tan noble y hacen la guerra que sostiene con el bando de los advenedizos. Este está formado por el boticario, el oficial civil, el maestro de escuela y uno que otro comerciante al por menor, capitaneados todos por la “la viuda del coronel”.
Por lo que hasta ahora he podido ver, los más agresivos y violentos son los hijos del pueblo, tal vez porque están en mayor número y en su propio terreno. Los forasteros sólo pelean a la defensiva, y tengo para mí que son gente más culta y mesurada que sus adversarios.
Parece que me ha tocado llegar en el periodo más ardiente de la lucha. El boticario ganó hace poco un pleito a un hermano del alcalde, por lo cual los del otro partido están furiosos y ponen en juego toda clase de medios para tomar la revancha. La iglesia misma está dividida en dos campamentos: a la derecha del altar mayor, frente al san Antonio de que te he hablado, toman colación la alcaldesa y sus hijas con lo demás de la aristocracia villabajina, mientras que al lado izquierdo, frente al altar de la Virgen, se ven aislados los pocos reclinatorios pertenecientes a la viuda y a su sobrina, a la esposa del boticario y a sus tres hijas y a la madre del maestro de escuela. La plebe invade ambos campos en las grandes solemnidades; pero se coloca de preferencia en la nave central, cuando lo crecido de su número no la hace desbordarse hacia los lados.
El mismo día en que te envié mi carta anterior recibí la visita de los dos jóvenes, hijo el uno del subdelegado y sobrino del otro. Me parecieron sobrado locuaces y pagados de la nobleza de su abolengo, sobre todo el sobrino, Benito, un pelirrojo que se las da de ocurrente y celebra con sonoras risotadas sus propios chistes.
Después de muchos rodeos llegaron a hablarme del preceptor, a quien pusieron de oro y azul, llamándolo masón, hereje y radical, y concluyeron pidiéndome mi firma para una solicitud de destitución que pensaban enviar al Gobierno. Ya la habían hecho firmar por todos los Albornoces y Alarcones, por sus sirvientes y hasta por algunos niños de la escuela.
-Hay que hacer volar de aquí ese pajarraco, dijo Benito, soltando una carcajada.
-Y procurar que se nombre un preceptor católico, que ojalá hubiese estudiado en el Seminario, agregó el hijo del subdelegado, mirando a su primo, el cual, según he sabido después por José, estudió en el Seminario hasta el segundo año de humanidades. Según mis informes, el maestro es un joven competente y muy delicado a las funciones de su cargo. Vive aquí con su madre, a quien sostiene con su escaso sueldo y a quien ama entrañablemente. Estas circunstancias y mi deseo de permanecer ajeno a estas rivalidades miserables me aconsejaron rehusar mi firma.
-Será verdad lo que ustedes dicen, les contaré, pero yo no puedo suscribir nada que no me conteste personalmente.
Se retiraron visiblemente contrariados, y creo que mi negativa me ha granjeado malquerencias entre sus partidarios.
Como la solicitud contra el maestro no dio resultados, pues el gobernador del departamento se negó a tramitarla, resolvieron dejar desierta la escuela.
Todos los Alarcones y Albornoces y la gente plebeya que sigue sus aguas retiraron sus niños, y Benito abrió un colegio gratuito que al principio se vio bastante concurrido. Principió entonces una verdadera guerra ente ambas escuelas. Al salir de las clases los muchachos trataban batalla en la plaza a pedradas y mojicones. El maestro fiscal cambió la hora de la salida de sus chicos y cesaron así los pujilatos, pero no las provocaciones de parte de los fundadores.
En las paredes de varias casas aparecieron caricaturas y letreros ofensivos contra los forasteros, y hasta circularon anónimos en prosa y verso en que se les ridicularizaba de un modo harto reñido con la moral y la cultura.
La nueva escuela amenaza ruina, porque como el flamante maestro enseña poco y no consigue tener orden, uno a uno han ido los niños a la escuela fiscal y Benito tendrá que cerrar la suya por falta de discípulos.
Furioso con el fracaso que prevé, el sobrino del subdelegado ha resuelto dirigir sus ataques al oficial civil, que es soltero y con quien parece tener rivalidades particulares de diverso género. Para dar principio le robó una noche el letrero de la oficina. Don Alberto (que así se llama el oficial), buscó la plancha todo el día siguiente, y se preparaba ya para dar cuenta del robo a la gobernación, cuando tuvo noticia de que el dichoso letrero había amanecido sobre la puerta de la familia Rodríguez, a quien el oficial visita asiduamente y con una de cuyas niñas tiene boda concertada, después de haber vencido a Benito en amorosa lid.
No contento con esta fea burla, el sobrino de don Ramón se introdujo una noche a la caballeriza de don Alberto, le sustrajo el caballo y lo mutiló bárbaramente, cortándole de raíz la cabeza y la cola. Todo esto ha dado origen a nuevos pleitos, pues parece que hubo testigos del robo del letrero y de la mutilación.
Por su parte el señor primer alcalde, que hace y deshace a su antojo de la municipalidad y de todos los servicios públicos, ha dispuesto que no se enciendan los faroles cercanos a las casas de sus adversarios, e hizo colocar un enorme montón de piedras en la esquina de la botica con el pretexto de terraplenar la calle, pero en realidad para obstruir el tráfico. Una mañana, como por milagro, las piedras amanecieron todas en la acera misma y frente a la puerta del primer mandatario de la comuna, con lo cual tuvo don Bruno un ataque de apoplejía y la alcaldesa un síncope de dos horas.
La mayoría de la comunidad sostiene con fondos comunales un periodo semanal, desde las doctas plumas de los hijos del pueblo satirizan a los aparecidos en forma inculta y grave y es lo peor que, en su afán de justificar su causa, toman el nombre de la religión y lo esgrimen como un arma envenenada contra sus adversarios, o se aplican burlescamente su santa doctrina para ponerlos en ridículo. En los últimos números han estado apareciendo, suscritas por “Navaja Barbera”, que es el seudónimo de Benito, las bienaventuranzas aplicadas a los forasteros, desde “los pobres del espíritu”…en que se alude al maestro, hasta “los que han hambre y sed” que son todos “los que han llegado al pueblo con una mano por delante y la otra por detrás, y han criado barriga a costa de los nativos”…
El primer alcalde, finalmente, sostiene desde hace tres años un litigio sobre aguas con la viuda del coronel, y aunque don Bruno es un gran leguyero, lleva tres sentencias en su contra, lo que lo hace presumir que el resultado final del pleito le será adverso. No quisiera yo hallarme aquí cuando eso suceda, pues calculo que arderá Troya.
En todas estas cuestiones he notado que la viuda del coronel ha permanecido libre de ataques directos, aunque es la más odiada por el bando contrario. Son sus amigos los que pagan por ella. Si alguna pulla le dirigen desde el periódico, nunca es sobre cosa grave y siempre en forma velada. ¿A qué se debe esta especie de respeto con que la tratan hasta sus enemigos más encarnizados? ¿Será que no es un advenediza cualquiera como doña Herminia y doña Agustina lo dan a entender? Yo la veo en misa todos los domingos, acompañada de su sobrina; pero nunca me ha tocado mirarlas de cerca. Su porte y su actitud me han parecido, sin embargo, bastante distinguidos.
Este es, amigo mío, el estado de mi parroquia. Mi antecesor, viejo, achacoso y muy relacionado con los forasteros, no era, a pesar de todas sus virtudes, el hombre a propósito para meter paz entre enemigos encornados, y yo mismo, joven y animado de excelentes propósitos, no tengo seguridad alguna de conseguirlo. Sin embargo, ya lo he intentado, aunque con éxito desastroso, como verás enseguida.
Principié por visitar al alcalde. Mi plan era hacerme amigo de todo el mundo para poder lanzar en seguida mi pax vobis . Cuando llamé a la puerta, cerrada, a oscuras y atrancada ya a las siete de la noche, los perros ladraron estrepitosamente y luego noté que se abría una de las ventanas y que una cabeza femenil me observaba con mirada escrutadora. Se formó después en el interior un alboroto como si temblara. Unos corrían, otros pedían luces, otros regañaban con los perros y daban órdenes a media voz. Al cabo de cinco minutos vino a abrir don Bruno y a pesar de que sabía perfectamente quién llamaba, preguntó con voz recia:
-¿Quién es?
-Yo soy.
-¿Quién es “yo”?
-El cura párroco.
Entonces abrió, se excusó de no haberme conocido y habló sobre las precauciones que necesitaba tomar para abrir la puerta:
-Ya sabe usted, señor cura, que nadie esta libre de una sorpresa. Y como hay en el pueblo gente mal intencionada….Y diciendo esto me introdujo al salón, una pieza grande como un templo y cuyas paredes estaban profusamente adornadas con oleografías y tarjetas de colores. Luego se presentó la señora, doña Rosario, y sus dos hijas. Es la primera una matrona de exagerada corpulencia y de faz congestionada que luce un par de bigotes que envidiaría un granadero, y son las niñas todo lo contrario de su señora madre, es decir menguadas de cuerpo y rostro insignificante. La madre y las hijas se diferenciaban todavía en otra cosa: mientras la primera es una habladora sempiterna y acompaña sus palabras con vivísimos ademanes de pies y manos, las niñas permanecen mudas e inmóviles como estatuas, cruzadas las manos sobre las faldas y fijos los ojos en el suelo. Cuando alguna se permite tomar parte en la conversación, una mirada severa de la mamá les recuerda su papel de simples figuras ornamentales del salón.
Yo iba preparado a conducirme con toda cautela, dispuesto a no tocar en mi primera visita nada que se relacionara con las discordias del pueblo; pero la señora alcaldesa me dijo de pronto:
-Tenemos enemigos, señor cura; ya lo sabrá usted.
-¿Enemigos, señora? Creía yo que se trataba de diferencias subsanables
-¡Ah, señor! no conoce Ud. a los forasteros, a los que vienen a Villabaja a llenarse con nuestro dinero. Su orgullo no les permitiría que jamás procuren un arreglo. Nosotros no debemos buscarles la boca, porque somos los ofendidos.
-Es sensible, señora, que tales desavenencias turben la paz del pueblo.
-Las culpables son la viuda y su sobrina, que creen valer más que todas nosotras.
En ese momento se presentaron al salón doña Herminia y doña Agustina, agitadísimas por la rápida caminata que habían hecho desde su casa, según sospeché, para no perder la oportunidad de darme nuevos informes de la nobleza villabajina.
-Aquí, señor cura, dijo doña Herminia, somos muy delicadas, y nos choca que esa señora consienta en su sobrina unas maneras muy poco recatadas. Figúrese Ud. que la niña sale por ahí sola con el maestro, con el pretexto de socorrer a los pobres, pero en realidad para hablar de quizás qué cosas, quién sabe de dónde les ha salido ese amor tan grande a la pobrería. El mozo que lleva los regalillos suele ir a media cuadra de distancia. ¿No le parece que eso es inconveniente?
-Según y cómo, señoras, les dije. Habría que saber las relaciones del preceptor con esa familia.
-Desde que Emilia tiene diez años, dijo doña Agustina, el preceptor ha estado haciéndole clases para enseñarle sus herejías. Ahora ella tiene diez y seis y él no llega a los treinta.
-¿Hace tanto tiempo que esa señora vive en Villabaja?
-Unos ocho años, dijo don Bruno. Se vino a vivir aquí con su marido, que tenía una hacienda a dos leguas del pueblo.
-Como era coronel, dijo doña Rosario, quiso mandar a los del pueblo como a un regimiento. Y la viuda ha seguido los pasos de su marido, a pesar de que sabe muy bien que los villabajinos no se dejan pisotear así no más. ¿Creerá Ud. que hasta ha comprado coche para quebrarnos los ojos? Cuando pasan en carruaje para su fundo parece que el orgullo les revienta por todas partes. Desde que Bruno es alcalde, en vez de humillarse gobernante de la comuna. ¡Pero no saben con quién tienen que habérselas!
Y agitaba al decir esto un brazo tan fuerte y robusto, que confirmaba plenamente sus amenazas, mientras que don Bruno la miraba con una sonrisa de complacencia.
-¿Y por qué no dejarlas con sus orgullo? me atreví a decir. Con no preocuparse de ellas…
-No las defienda Ud., señor cura, me interrumpió la alcaldesa enardecida. Es necesario que Ud. se decida por los del pueblo o por los otros.
-Ni con ellos ni con ustedes, señora, le contesté, sino con todos mis feligreses reunidos en un solo rebaño en torno del Divino Pastor.
Y ella me replicó con un tono de franca amenaza:
-Señor cura, usted ha de ver lo que más le convenga.
La grosería de la alcaldesa me planteó el dilema con toda claridad. O con los Albornoces o con la coronela. No me atreví a insistir más, juzgándolo inútil. No hay término medio. Si quiero permanecer neutral, cada bando me tendrá por enemigo.
Este fracaso me ha hecho reflexionar seriamente sobre mi intromisión en estos miserables asuntos. No sé si debo, como me aconseja la prudencia, encerrarme en mi casa y dejar que las cosas sigan el curso que quieran darles el odio y la maldad, o si, como la caridad lo ordena, he de cobrar perniciosas rivalidades.
¿Qué harías tú en mi lugar? Paréceme que oigo tu respuesta: cumplir con tu deber de sacerdote de Cristo, del que vino al mundo a enseñar a los hombres la paz y el amor. Pues bien, eso quiero hacer. No cejaré en mis propósitos. He sido rechazado en uno de los campamentos; no han querido oírme. Iré entonces al otro. No sé por qué me imagino que mis gestiones serán allí mejor acogidas.
Mañana iré a visitar a la viuda del coronel.
Te abraza tu amigo,
Julián.