No es precisamente la casa de una maestra rural aquella donde puede un huésped hallar mayores comodidades. Sin embargo, en este caso, el espíritu de compañerismo y la natural generosidad de María Luisa, la joven preceptora de San Lorenzo, y la bondad de su madre y de su hermana, suplieron de sobra la falta de recursos, y Mauricio halló en aquel modesto hogar una franca y cariñosa acogida.
La atmósfera de comodidad y de simpatía de que se encontró rodeado desde el primer momento, venció su natural timidez y lo hizo recobrar poco a poco el dominio de sí mismo. Durante la comida se imaginó estar entre antiguos amigos y pudo contar sin embarazo y hasta con cierto chiste que le era peculiar las incidencias de su viaje, sus pueriles temores de malos encuentros durante el camino y su caída lastimosa al llegar al pueblo. Habló después de su entrevista con el guardián, y supo que éste era Lucas, el asistente inseparable del subdelegado, al cual don Venancio confiaba la custodia de su casa y casi su representación gubernativa durante sus ausencias. Doña Carmela, la madre de la maestra, le oía sonriendo, con la misma expresión cariñosa de su madre; Lucía, la menor de las niñas, joven de dieciseis a dieciocho años, tomaba en la imaginación de Mauricio cierta semejanza con su propia hermana, pues tenía la misma edad que ésta y, como ella, unos ojos grandes y expresivos, que fijaba en él con interés y curiosidad, y una boca graciosa y siempre sonriente; y María Luisa, la maestra, joven también que no llegaba a los veinticinco años, vivaz y simpática, desplegaba sutiles recursos femeninos para caberlo hablar y para penetrar tal vez en su alma y ver qué había en ella digno de estimación.
Había obtenido dos años antes la escuela mixta del pueblo, obligada a ello, en parte por su inclinación y en parte por su pobreza; pues su padre, comerciante de una cuidad no muy lejana, había muerto sin dejar a la familia ningún recurso, después de perder en malos negocios una fortuna considerable, de la cual sólo conservaba aquella un buen piano y algunos otros muebles de valor que desde el primer momento llamaron la atención de Mauricio como cosas extrañas en casa de una maestra.
la joven había estudiado humanidades en un liceo de capital de provincia, y acababa de regresar de un curso de perfeccionamiento para maestras interinas, trayendo un certificado con el voto general de “distinción”, que mostró a Mauricio con cierto orgullo.
-Voy a ponerlo en un marco, le dijo, para que sea el mejor adorno de mi habitación.
Tenía en la voz ciertas inflexiones dulces y agradables, como si siempre estuviera hablando con los niños de su escuela. Sin ser bonita, lo parecía por su pulcritud, por la elegancia y el esmero que denotaba su traje sencillo y de poco valor, y por la expresión de dulzura y de bondad que sabía dar a su mirada y a su sonrisa. Era indudable que sus discípulos la adoraban.
-¿Con que somos colegas, no?-dijo a Mauricio de repente, después que éste concluyó de contar las aventuras de su viaje. ¿Le gusta a Ud. la profesión?
Mucho, a pesar de lo que ha decaído en los últimos tiempos.
-A mí también. Me gustan los niños, aunque a veces me hacen enfadarme a pesar mío y me hacen sufrir con sus malos hábitos y sus rebeldías. Me encantan los buenos y los inteligentes; pero los malos y los pobres de espíritu me inspiran una lástima que me hace quererlos aún más que a los otros. ¡Pobrecitos! no tienen ellos la culpa de ser lo que son. Sólo siento no haber hecho más recursos pedagógicos de que echar a mano en mis clases. Pero Ud. me prestará sus apuntes y sus libros ¿no es cierto?
-Con el mayor gusto, aunque tal vez Ud. no los necesite. El amor a los niños suple con ventaja en una maestra a todo lo que pudieran enseñarle los libros de pedagogía. Nos decía nuestro profesor de que echar a mano en mis clases. Pero Ud. me prestará sus apuntes y sus libros ¿no es cierto?
-Con el mayor gusto, aunque tal vez Ud. no los necesite. El amor a los niños suple con ventaja en una maestra a todo lo que pudieran enseñarle los libros de pedagogía. Nos decía nuestro profesor que vale más un maestro de corazón que uno de talento.
-Sin duda alguna pero lo ideal sería poseer las dos cosas, ¿no le parece?
Mauricio tenía el buen gusto de rehuir cuanto le era posible, delante de personas extrañas, esas conversaciones profesionales que suelen crear a los maestros la fama de pedantes; así fue que quiso cambiar de asunto y preguntó a la joven:
-Y el pueblo ¿es de su agrado?
-Sí, aunque vivimos aquí muy aisladas. Nuestras relaciones no pasan de las que me impone la escuela con los padres de los niños. Parece que las personas pudientes, o son muy retraídas, o tienen su orgullo. En cuanto a los pobres, me manifiestan algunas consideraciones, pero también me han dado algunos desengaños. Abusan de mi buena fe.
Y le contó en seguida, como burlándose de su propia candidez, algunos de esos desengaños, y, entre otros, el que acababa de darle un pobre diablo, mitad mendigo y mitad ladrón, vivía, sin ser casado, con una infeliz mujer digna de mejor suerte, a la cual maltrataba con brutalidad y de la que tenía dos hijos. La preceptora se había propuesto hacerlos legitimar su unión, y había logrado catequizar al hombre durante dos meses para hacerlo confesarse y casarse en seguida. Con toda docilidad había asistido el discípulo diariamente, después de las clases, a oir los consejos de la maestra y a aprender de sus labios, palabra por palabra, la Doctrina Cristiana, el Padre Nuestro, el Credo y el Acto de Contrición y cuando ya todo estaba listo para la ceremonia, en la cual ella iba a ser la madrina, cuando se habían hecho ya las presentaciones ante el señor cura y hablado al oficial civil, cuando la maestra había gastado la mitad del sueldo de un mes en ropa y zapatos para su ahijado, a fin de presentarlo en la iglesia con toda decencia, el bribón había desaparecido, llevándose todo el equipo de novio y sin dejar rastro.
Y concluía la joven con una sonrisa, mezclada a una mal disimulada mueca de dolor:
-Hice mal creyendo hacer bien. La pobre mujer y sus hijos quedaron abandonados. ¿Qué me tocaba o qué podía hacer para reparar mi falta? Lo que hice y nada más: traje a mi casa a los dos chiquillos y los tengo en la escuela para hacerlos mejores que su padre, y para que la madre pueda ganarse por ahí la vida como sirvienta.
- Pero cuéntelo todo, Luisa, dijo doña Carmela.
- ¿Y qué falta, mamá?
- Que lo que hizo ese infeliz es obra de los consejos de don Rufino y de otros notables del pueblo…
- ¿Quién puede asegurar tales cosas? dijo la maestra, y cambió de conversación.
Y mientras decía todo esto, Mauricio la oía con interés, y admiraba en ella la naturalidad y facilidad de expresión, el rostro alegre y juvenil y un juego adorable de gestos y actitudes, tras de los cuales se adivinaba un espíritu culto lleno de bondad. El chasco del mendigo no despertaba en ella enfado ni indignación. Lo contaba sonriendo placenteramente , sin un reproche, sin asomo alguno de despecho y sin una palabra que indicara fatuidad o deseo de ostentación.
Cuando apenas terminaba la comida, llegó una visita. En el modo de llamar a la puerta conoció la maestra al visitante.
-Es don Eulogio, dijo, y abrió ella misma.
Y en seguida penetró al comedor un señor de sesenta años, gordo y sonriente, vestido con una levita vieja y raída, pero sin una mancha ni una rotura.
Llevaba en una mano un grueso bastón de fabricación casera, nudoso y no muy derecho, y en la otra un sombrero de jipi-japa, que no cuadraba con el resto de la indumentaria. Con una grave y cortés inclinación de cabeza saludó a todos los presentes; luego dio la mano con ceremonioso ademán a la señora y a las dos jóvenes, y se inclinó, por último, ante Mauricio en espera de una presentación. Hecha ésta por doña Carmela, tomó asiento el recién llegado con todo comedimiento y se informó con voz afable de la salud de cada uno. Al tocarle su turno al preceptor, gastó con él aún mayor amabilidad.
-Mi bienvenida, señor. Según he sabido por Lucas, el asistente del subdelegado, Ud. llegó hace poco rato. ¿Y qué tal el viaje? Muy cansado de la caminata?
-Mucho, señor, por mi falta de costumbre para andar a caballo; pero creo que todo pasará con un poco de reposo.
-Así lo deseo, como le deseo también grata permanencia entre nosotros. ¿Ud es normalista?
Y cuando supo que lo era, agregó:
-Hace años que la escuela de hombres ha estado entregada a maestros interinos. No dudo de que ganará enormemente con uno titulado. No es que yo crea que todos los que carecen de título sean malos maestros, sino que nosotros hemos tenido la desgracia de no conocer en el pueblo ninguno bueno.
-Ya empezamos, don Eulogio, dijo la maestra en tono de cariñoso reproche.
Pero el anciano aparentó no oírla y siguió diciendo:
-Su antecesor era un desequilibrado, que no hizo aquí otra cosa que desprestigiar y poner en ridículo su noble profesión. Ignorante y pretencioso a no poder más, su necedad lo cegaba de tal modo que no conocía las burlas de que hasta los niños lo hacían objeto. Fundó en el pueblo un periódico al que dedicaba más tiempo que a la escuela y en el que publicaba cada semana disparates tan enormes y en el que publicaba cada semana disparates tan enormes y en forma tan reñida con el sentido común, que logró llamar con ellos la atención de todo el país. Los diarios de Santiago reproducían y comentaban burlescamente sus artículos y lo colmaban de irónicos elogios, que él tomaba a lo serio y que concluyeron por rematar su locura. Llegó ésta a tanto, que el año pasado hizo un viaje a la capital para dar unas conferencias que allá hicieron reír buena gana a todos los ociosos y a los amigos de gozar con la ajena tontería., Después, firme en la creencia de sus excelsos méritos y de su popularidad, presentó su candidatura para diputado por este departamento…Le aseguro a Ud. que anda, ni la mezquindad del sueldo, ni la conducta poco edificante de muchos maestros que no debieran serlo ni por un momento, ha contribuido tanto como los disparates de ese loco a echar mengua y desprestigiar sobre el preceptorado nacional…
En cuanto a Ud., permítame manifestarle una opinión, que por cierto no habla nada en su contra: me parece Ud. demasiado joven para los discípulos que aquí va a tener. Hay entre ellos hombres de dieciocho y veinte años.
-¿Quiere que le cuente una anécdota, don Eulogio? interrumpió la maestra.
-A ver la anécdota, muchacha, aunque adivino que con ella vas a faltarme al respeto.
-Cárlos V envió una vez un embajador muy joven a tratar con el Papa ciertos negocios delicados. Al notar el Pontífice la juventud del diplomático, le dijo indignado:-¿No tenía tu amo un hombre con barbas a quien confiar su representación?
-Santidad, respondió el embajador, si mi rey hubiera juzgado que el mérito reside en las barbas, os habría enviado un macho cabrío…
-Buena estocada, marisadilla, dijo el anciano riendo a carcajadas; pero, a pesar de ella, yo sigo creyendo que el maestro de San Lorenzo no le vendrían mal unos buenos bigotes para hacerse respetar de sus discípulos. Tendrá entre ellos muchachos ya tunantes y viciosos, como los Jiménez o como el hijo del abastero, que faltan los días lunes para seguir la juerga empezada el sábado anterior.
-¿Y muchachos así pueden estar en la escuela? dijo Mauricio.
-Y tendrán que estar hasta el día en que buenamente quieran dejarla, respondió don Eulogio. Tanto el abastero como el padre de los Jiménez son amigos de Venancio el subdelegado, con lo que ya está dicho todo. No podrá Ud. expulsarlos aunque le sobren motivos, como no podrá expulsar tampoco al hijo del receptor, que es otro igual, porque este es el apoyo más poderoso que tiene Venancio en las elecciones.
Don Eulogio, de quien oía el maestro tan funestos vaticinios sobre la disciplina de su escuela , era vecino de la población desde hacía muchos años, desde que se había casado con una joven perteneciente a una de las primeras familias de la aldea, y de la cual había quedado viudo algún tiempo. Hombre culto y bien educado, era el único en el pueblo que manejaba libros y que se interesaba por algo más que los ganados y las cosechas. En medio de la rudeza y grosería dominantes en el vecindario, él había sabido conservar sus buenas maneras, exagerándolas tal vez un poco por espíritu de contradicción, de modo que aparecía como un contraste viviente con todo y con todos los que le rodeaban. Su pulcritud, su cortesanía, su camisa siempre limpia, su inseparable levita (que según los malas era la misma con que treinta años antes se había casado) su lenguaje siempre correcto, chocaban a los señores de la aldea, que lo habían bautizado con el mote de El Gringo del Patagual, aludiendo a una pequeña propiedad que poseía en las goteras del pueblo, la que constituía su única riqueza y cuyo cultivo era su única ocupación. A él no le importaban ni el disgusto ni las burlas de sus vecinos. Sentía por ellos un sincero desprecio, y era franco y atrevido para censurar sus defectos y echarles en cara sus trapisondas y picardías.
-Si, señor, continúo diciendo; aquí no tendrá Ud. libertad para adoptar en su escuela las medidas que juzgue convenientes, porque sobre Ud. estará la voluntad del subdelegado, y la del alcalde, y la del juez de subdelegación, y la del juez de subdelegación, y la de cuantos sean amigos de estos señores. Venacio es celoso de su autoridad e inclinado a intervenir en todo, aun en lo que no le corresponde. ¿Ud. todavía no le conoce? Pues lo conocerá mañana o pasado, sin más que verlo a una cuadra de distancia. Usa sombrero de corcho y polainas amarillas, y todos los días recorre a caballo la población, seguido de Lucas su asistente, censurado a gritos lo que le parece mal y deteniendo a todos los que le parece mal y deteniendo a todos los que pasan para hablarles de sus proyectos gubernativos en bien del pueblo. Esos proyectos son, en primer lugar, unir paladea con la cabecera del departamento por medio de un ferrocarril que le ha prometido un pariente suyo que es diputado, y cuenta ya con la obra de tal modo que, hablando de ella, dice siempre: “mi ferrocarril”.Es claro que esa línea férrea, en caso de construirse algún día, tendrá una estación a las puertas mismas del fundo de Venancio y la otra a las de una hacienda que posee su primo el diputado en estos contornos…El segundo de sus proyectos consiste en dotar al pueblo de agua potable, cosa que también espera obtener por la influencia del congresal.
Con estos Venancio se cree acreedor a que el pueblo le erija una estatua en vida, y engreído con su gloria, anda a caballo por las aceras, salpica de barro a los transeuntes, trilla los jardines de la plaza y no respeta reglamento alguno de los que los simples mortales tenemos que obedecer y respetar.
Excusado es decir que las dos de Venancio, el ferrocarril y el agua potable, son la plataforma en que el diputado apoya aquí su candidatura cada tres años, cuando llegan las elecciones, y son la justificación ante los tontos, que tanto abundan en este pueblo, de todos los abusos y malas artes que Venancio y el primo ponen en juego para hacerla triunfar. Con estas cosas ha llegado nuestra autoridad administrativa a obtener la fama de ser un subdelegado modelo. Hasta Santiago ha llegado su renombre, y algunos periodistas, que sólo lo reconocen por el ruido que forma con su ferrocarril y que ignoran sus arbitrariedades, lo ponen sobre los cuernos de la luna y lo proclaman el mejor subdelegado de todo el país…
-Más piedad, don Eulogio, dijo sonriendo la maestra.
-¿Ha oído Ud. decir que ellos tengan para alguien piedad o consideración?-Gracias, niña. Y después de humedecer los labios en la copa que la joven le presentaba, siguió diciendo:
-En cuanto al alcalde, poco tendrá Ud. que ver con él; pero le aconsejo que procure no ser su enemigo. Si es lo segundo, será tambien enemigo de mucha jente copetuda de la población que está de su parte. Si es su amigo, se acarreará el odio de Venancio, pues él y don Belisario viven como el perro y el gato, en guerra abierta y sin cuartel.
-¡Pero esto es un campo de Agramentel! dijo el maestro sorprendido.
-¿Le extrañan a Ud. estas cosas? ¡Cómo se conoce que Ud. no ha vivido nunca en un aldea! En la capital, señor maestro, los adversarios políticos mantienen entre sí relaciones muchas veces cordiales de provincia se miran mal, pero se saludan; y en un pueblo chico se aborrecen de muerte y se muerden y se arañan cada vez que pueden. Y se aborrecen también sus esposas, sus hijas y sus hijos, y se desprestigian y hasta se calumnian recíprocamente, de modo que las opiniones o más bien dicho las pasiones no sólo dividen y enconan a los hombres con derecho a voto, sino que también a las familias y personas ligadas por íntimo parentesco. Venancio y Belisario son concuñados, pero de opuestos bandos políticos; así es que sus esposas, que son hermanas, y sus hijas, que son primas, se miran como enemigas y no cultivan relaciones.
Y lanzó una comedia y lastimosa carcajada, y humedeció otra vez los labios en la copa de cerveza.
-El tesorero municipal y el receptor tampoco pueden verse, continuó; pero no ya por cuestiones políticas, sino porque el segundo no pudo despojar al primero del puesto que ocupa en la Municipalidad. Y entre los que no ejercen funciones públicas, son raros los que cultivan una amistad firme y sincera, y hay muchos, por el contrario, que no disimulan su recíproca malquerencia. La causa no es siempre la política, sino también la envidia, la malediciencia y los intereses materiales encontrados. El odio más ruidoso que está hoy en acción, el que preocupa con interés a toda la aldea, es el que se tienen Nicanor, uno de nuestros ricachos, que vive a media legua escasa del pueblo, y sus sobrinos, los hijos de Manuel Jiménez. Los muchachos Jiménez son sus discípulos, señor maestro; son de esos grandullones de que le hablé hace poco. Si Ud. pudiera influir sobre ellos para hacerlos respetar al tío y reconciliarse con él, haría una hermosa obra. Temo yo que los Tales sobrinos hagan una barrabasada el día menos pensado.
-¿Y el señor cura? preguntó Mauricio. ¿Su acción no sería más eficaz que la del preceptor para poner paz entre sus feligreses?
-No lo creo, contestó don Eulogio; es un hombre anciano, débil e irresoluto, e incapaz, por lo tanto, de influir sobre la conducta de nadie. Considera por lo demás, como una obligación de su ministerio el encabezar en el pueblo el bando conservador, y su falta de aptitudes como caudillo tiene descontentos a sus propios correligionarios. Poco estimado de los suyos y mal mirado por sus enemigos, ya podrá usted calcular a mí ¿no me pregunta usted nada?
-Sería indiscreto, señor don Eulogio.
-Nada de eso, señor maestro. Yo me llamo Franqueza y conmigo no hay indiscreción. No soy amigo ni enemigo de nadie, pero todos o casi todos me quieren mal. Soy un pobre diablo de lengua muy suelta, como Ud. ya lo habrá advertido, y sin pelos en ella para decir claridades. Muchos me temen, algunos me odian, y todos se burlan de mí. ¿Qué me importa? El odio y el temor que me dispensan mis convecinos es el odio y el temor que sienten hacia la verdad los que viven del engaño y de la mentira: Yo no les temo. Sólo temo a una cosa: a los reproches de mi conciencia.
Y poniéndose de pie, tomó su sombrero, se despidió políticamente de las señoras, y acercándose a Mauricio, le estrecho la mano y le dijo con voz afectuosa:
-Con que, joven mucho tino y mucha prudencia para navegar por esta agua tan agitadas. Si el consejo de un marino viejo como yo puede servirle, me tendrá siempre a su disposición. Buenas noches.
Y salió muy derecho, llevando cogido por las mitad su nudoso bastón y andando con airoso movimiento, como si condujera a su pareja en un salón de baile.
-Es un hombre raro, dijo doña Carmela al maestro, a modo de explicación, cuando se hubo cerrado la puerta detrás del anciano.
-No lo juzgue Ud. por su lengua, colega, agregó la maestra. Sus acciones son buenas y su corazón excelente. No es capaz de hacer a nadie el mal más insignificante. Habla mucho, es cierto, pero su desamor al prójimo no pasa de ahí. Estoy segura de que si el mismo don Venancio le pide un servicio, no podrá negárselo.
-Me imagino que es un hombre que está fuera de su centro, dijo Mauricio. Tiene tal vez un alto ideal y le choca que los demás no amolden a él su conducta.
-Aquí lo queremos como a un amigo, dijo Lucía, que hasta entonces había permanecido silenciosa, inclinada sobre una labor.
Momentos después Mauricio fue conducido a la habitación que se le había destinado, donde durmió profundamente, gracias al zarandeo del jamelgo. pero, tanto al conciliar el sueño como al despertar al día siguiente, pensó con ternura en su madre y en su hermana. Y, cosa que le pareció extraña, el rostro de esta última aparecía en su imaginación difusa y borrosa, con algunas de sus facciones reemplazadas por las de la faz graciosa y delicada de Lucía, la hermana de la maestra.