EDUCACIÓN Y ENVEJECIMIENTO
(Formación permanente)
por José Luis Ysern de Arce
En el Foro de Valencia (Valencia, 1 – 4 de abril
de 2002) se afirma que el anciano necesita de formación para
aprender a envejecer. Esta formación no necesariamente ha de
ser de tipo formal, pues como ocurre en toda educación, también
la denominada “informal” es verdadera educación.
La etapa de la vejez es una más dentro del proceso del desarrollo
humano, pero es también la que por ley natural nos acerca a la
muerte. Si toda etapa de nuestra vida es importante, la de la vejez
lo es de una manera especial, precisamente por ser la que sirve de resumen
y colofón a todas las anteriores. Por eso, es necesario que tanto
los que están en ella como los que todavía no han llegado
a sus puertas, la conozcan para poder comprenderla y vivirla mejor.
Educación y desarrollo son conceptos que se dan la mano; no hay
desarrollo si no hay educación. La formación permanente
debe garantizarse como un continuo necesario a lo largo de toda la vida,
pues ella es la herramienta para una buena calidad de vida.
Son muchos los temas de la educación, tanto formal como informal,
concernientes a la vejez, pero vamos a señalar sólo algunos
por la importancia que nos merecen.
Educar para la participación.
Según lo afirmado en instancias tan importantes como la II Asamblea
Mundial sobre el Envejecimiento, celebrada en Madrid (5 – 9 de
abril de 2002), un número importante de personas mayores sufren
graves situaciones de pobreza y exclusión social. ¿Cómo
evitar esa situación, o al menos, mitigarla de manera importante?
Estamos convencidos de que mucho se puede lograr mediante una buena
educación que ayude a formar una nueva cultura más abierta
a la realidad de los ancianos. No se trata de llegar a una cultura asistencialista
de tipo paternalista sino a una situación en la que los mismos
sujetos, por medio de sus organizaciones, en interacción con
las demás fuerzas vivas de la sociedad puedan ser los agentes
de su propia inserción en esta sociedad. Todos sabemos que la
participación es factor clave en el desarrollo social. Los ancianos
poseen una importante capacidad de iniciativa y participación,
pero para ponerla en práctica han de poseer el suficiente nivel
de educación y conocimiento de sus derechos.
Toda verdadera educación pretende la afirmación de algunas
actitudes (las que consideramos válidas para el objetivo propuesto),
y el cambio de otras (las no válidas para nuestros fines). Por
eso “Caritas Ancianidad”, institución de la Iglesia
mexicana, ha editado un manual sobre el bienestar del Adulto Mayor,
cuyo gran objetivo es "ofrecer a la población adulta mayor
un programa de orientación para la vejez, de calidad, que responda
a sus necesidades y recursos personales mediante la adquisición
y actualización de conocimientos, habilidades, actitudes y valores
que le permitan desempeñarse adecuadamente en su contexto cotidiano,
familiar, comunitario y laboral" (Caritas Bienestar del Adulto
Mayor. Arquidiócesis de México).
Una educación integral pretende orientar, promover y generar
un cambio de actitud en los protagonistas de la cultura y de la vida,
es decir en todas las personas. Y, en lo que se refiere al Adulto Mayor,
es lógico que la afirmación de actitudes positivas en
torno a la participación se produzca en el mismo adulto, en la
familia, y en la comunidad.
Educar para la solidaridad.
La cultura que vivimos no está especialmente diseñada
para la solidaridad y el amor desinteresado al prójimo; al contrario,
parece que en muchos ambientes se impone el individualismo, el afán
de éxito y poder, a como dé lugar; el triunfo de los poderosos.
Los criterios del capitalismo salvaje parecen imponerse sobre los de
una sociedad más humana, más comunitaria. Pero no son
estos los criterios dominantes en toda la gente; felizmente existen
grupos de personas, de cualquier clase y condición, que sí
se rigen por aquellos valores que tienden a hacer más humana
nuestra vida. Son hombres y mujeres, jóvenes, adultos y viejos,
que viven por y para la solidaridad. La educación para la solidaridad
es posible; instituciones civiles, políticas, religiosas y aconfesionales,
se organizan en ONGs y grupos informales para promover valores que tienden
a la defensa de la ecología y de los más débiles.
Ahí estamos y queremos estar nosotros. A través de los
medios de comunicación social, y de cualquier medio a nuestro
alcance queremos aportar lo mejor de nosotros mismos para promover criterios
de opinión que ayuden a la formación de una cultura solidaria.
Deseamos que de esa solidaridad se beneficien los ancianos, y que ellos
mismos sean también agentes de solidaridad. Será solidaria
con el anciano esta sociedad cuando supere algunos prejuicios y estereotipos
que consideran importante sólo a quien produce con eficiencia,
es joven y bello, tiene éxito y poder. El Papa, en el mensaje
que el 3 de abril de 2002, envía al Presidente de la II Asamblea
Mundial sobre el envejecimiento, le dice: “Hace falta, en primer
lugar, que se considere al anciano en su dignidad de persona, dignidad
que no merma con el pasar de los años y el deterioro de la salud
física y psíquica. Es evidente que esta consideración
positiva sólo puede encontrar terreno fecundo en una cultura
capaz de superar los estereotipos sociales, que hacen consistir el valor
de la persona en la juventud, la eficiencia, la vitalidad física
y la plena salud”.
Educar para la sabiduría y libertad.
Si nos atenemos a las reflexiones ya clásicas de E. Fromm (véase
su libro El miedo a la libertad), hemos de reconocer que la vida en
libertad no es fácil. Exige de nosotros una gran dosis de responsabilidad,
capacidad de decisión, enfrentar el riesgo ante lo desconocido.
Y sin embargo, la libertad es lo más propio del ser humano; no
disponen de ella los otros seres vivos que son regidos por su instinto.
La libertad es aprendida desde la infancia, y no siempre es bien aprendida.
Carl Gustav Jung, valiéndose de sus estudios acerca de la simbología
arquetipal, representa el proceso de individuación en alguna
de sus etapas decisivas, mediante el “encuentro con el Viejo Sabio”,
que es el encuentro reflexivo, serio y sensato del hombre consigo mismo.
Hay viejos sabios y viejos no sabios, viejos llenos de desconfianza,
conformidad, rutina. Ni el anciano ni nadie es sabio si es sumiso, cobarde,
egoísta, frustrado, excesivamente ritualista. La sabiduría
no viene como un regalo automático de la vejez; hay que ganársela.
La sabiduría la da el análisis, el conocimiento y la reflexión
sobre todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Parte del interior de
cada uno, y no viene dada del exterior; en su etimología de raíz
latina está muy relacionada con la actitud de saborear las cosas.
Es decir, la sabiduría toma el gusto a lo que se le presenta,
y discrimina entre lo sabroso y lo insípido; no traga indiscriminadamente
sino que desarrolla una actitud crítica ante la vida.
Por eso, libertad, sabiduría, y sentido crítico son elementos
que se complementan y potencian recíprocamente. De personas sanas
y sabias es crear, y cambiar las cosas que creemos que deben cambiar.
En muchos lugares de Europa todavía existe la tradición
de estrenar alguna prenda en la Pascua de Resurrección, como
signo de vida nueva. La simbología literaria, y también
la experiencia bíblica, suelen representar al viejo, al hombre
anciano, como alguien cargado de canas y de sabiduría, siempre
creando y renovando, capaz de transmitir a los más jóvenes
pautas sensatas de crecimiento personal. Para esa cultura bíblica
y literaria, los viejos son sabios libres. También nuestra experiencia
lo confirma: no es raro que con cierta frecuencia aparezcan personas
ancianas, que después de su jubilación, hablan y actúan
con una libertad y serenidad grandes, que no habían practicado
antes. La libertad es una prerrogativa de la vejez: a esa altura de
la vida han desaparecido ya muchas presiones y compromisos. Educar para
la libertad consiste en respetar y practicar el derecho a la libre expresión
en forma digna. Educar es crecer en el sentido y derecho de libertad;
y vivir ese derecho en el último tramo de la vida nos hace más
despreocupados de presiones ajenas, felices y libres. Se trata de esa
libertad que consiste en andar por la vida ligeros de equipaje.
Educar para el cambio de mentalidad.
Educar es ayudar a cambiar la mentalidad para mejor. Es signo de madurez
personal el ser capaz de adaptarse a situaciones nuevas. Y eso es la
vida: en ella nada se repite; aunque sucedan las mismas o parecidas
cosas, nunca son las mismas. La vida fluye como los ríos, y aunque
nos bañemos en el mismo río, nunca lo haremos en las mismas
aguas. Las mentes rígidas, cosa que es posible a cualquier edad,
son síntoma de anquilosamiento, de falta de flexibilidad, y de
cierta actitud defensiva ante las ambigüedades a las que muchas
veces debe enfrentarse todo individuo a lo largo de la vida.
Llegar a viejo es cuestión de tiempo y práctica. La vejez
es una etapa de la vida que tiene sentido y significado, y también
ante la muerte ya cercana, y quizá precisamente por eso, el anciano
ha de ser capaz de emprender nuevos caminos. La muerte permite que en
el mundo haya continuo cambio y nueva vida. Hay que aprender a ser viejo,
y por eso hay que mantener activa la curiosidad y el ánimo hasta
el final: “Con lo vieja que soy, veo todo lo que todavía
me queda por aprender. Tengo que aprovechar el tiempo” (palabras
de mi madre cuando tenía más de 100 años de edad;
murió a los 103, ya cumplidos). La educación para el cambio
de mentalidad incluye también la educación para las nuevas
tecnologías; ello ayuda para una vida más autónoma
e independiente. Hemos de crear conciencia de que: Vejez no es lo mismo
que fealdad. Puede ser belleza, armonía, pensamiento sin ataduras,
libre, afición por lo nuevo, interés por lo desconocido.
(Juana Ginzo. 2000: La pasión de vivir con un montón de
años. Temas de hoy. Madrid. p. 18).
Educar para la alegría.
El sentido del humor y la alegría son curativos por sí
mismos. Es bueno recordar la oración del P. Hurtado: Haz, Señor,
que los malos sean buenos, y que los buenos sean simpáticos.
Conocemos demasiada gente amargada y que amarga la existencia a los
demás. Alegría no es lo mismo que bullicio ruidoso y risas
sonoras; al contrario, estos fenómenos a veces son máscaras
defensivas que algunas personas usan para esconder sus temores, inseguridades
y amarguras. La alegría brota del interior del ser humano, y
se relaciona con los sentimientos más profundos de la persona.
Es alegre un corazón en paz consigo mismo. Esta alegría
brota de las personas con paz interior, y se irradia a los demás
al igual que el amor. Dice San Juan de la Cruz que al atardecer de la
vida seremos juzgados por el amor; en definitiva eso es lo que cuenta,
y es lo que hace felices a las personas. Para ser alegres y amorosos
de esta manera, hay que ser sencillos y limpios de corazón. Son
ellos los que verán a Dios (Mt. 5, 8).
Construimos mala imagen de la vejez cuando la palabra viejo, vieja,
la evitamos y sustituimos por otros eufemismos (adulto mayor, tercera
edad, etc.), y la usamos como término peyorativo de comparación:
esa chica parece una vieja, de puro fome que es; ese joven es más
amargado que un viejo, etc. Hay viejos amargados como también
los hay así entre los jóvenes. Y hay viejos más
felices y alegres que muchas personas con menos años. Educarnos
en el sentido del humor nos hace bien para no tomarnos demasiado en
serio y para reírnos de nosotros mismos cuando sea necesario.
Este sentido de la alegría y del humor permite que nuestra biografía
se convierta en un canto de “Gracias a la Vida, que me ha dado
tanto”.
Ancianos así son amorosos y embellecen todo lo que tocan y hablan;
su mirada es de comprensión y acogida; entregan ternura, crean
espacios y tiempos de amistad. Conozco una mujer anciana, que ya murió,
con la que gozaban los niños y los jóvenes, y de ella
se decía: cuando ella se vaya nos faltará su juventud.
Son hombres y mujeres con esperanza, que contagian esperanza (léase
sobre este punto a Elena Oyarzabal: Tercera edad: tiempo de gratitud,
de reconciliación y de misterio pascual. Florecer en Otoño.
Testimonio, nº. 133 - 134. Santiago. Septiembre - Diciembre 1992.
Número monográfico). Esta educación se logra mejor
cuando desde la infancia crecemos en una cultura que nos enseña
a valorar lo importante y a relativizar lo que es menos importante;
nos enseña a crecer en autoestima y en saludables niveles de
empatía.
Educar para la sexualidad.
Hoy sabemos muy bien que la sexualidad normal es activa a cualquier
edad. Conviene acabar con esos prejuicios sociales que han hecho creer
a muchas personas que la sexualidad activa se reduce prácticamente
al período de fecundidad posible, y que en las mujeres, después
de la menopausia dicha actividad sería algo fuera de lugar, sobre
todo a medida que avanza la edad.
Con un estereotipo así es lógico que la sexualidad del
anciano sea considerada como inexistente o como algo de mal gusto si
es que existe. Obviamente un ambiente así no es propicio para
el amor y el sexo en la vejez: el lenguaje, la literatura, las costumbres,
nos vienen a decir que, en la vejez, se le acaba al anciano la sexualidad,
especialmente en el caso de la mujer. Lo contrario parece ser la verdad:
con los años se gana en experiencia, sabiduría y ternura.
¿Cómo responde la familia si el abuelo se enamora de una
mujer mucho más joven que él, o la abuela de un hombre
mucho más joven que ella? ¿Cómo se acepta el amor
entre viejos?
Las ciencias especializadas en el tema nos enseñan que no hay
ausencia de placer a ninguna edad. Todos debemos educarnos en esa mentalidad.
Es cierto que la actividad sexual no será realizada de la misma
manera que lo era en años más jóvenes, pero eso
ocurre con otras actividades humanas: cada edad tiene su propia manera
de ser y obrar. No comemos ni hablamos de la misma manera a los 20 años
que a los 70; también en la manera de pensar hemos tenido mutaciones,
pero no por eso dejamos de hablar, comer, pensar, a cualquier edad,
por avanzada que sea. Es bueno educar para la vejez gloriosa, sin vergüenza
del propio cuerpo. No es sólo la belleza y la juventud lo que
tiene que ver con el sexo y la sexualidad.
Educar para la vejez.
Si no morimos antes, todos estamos llamados a llegar a ser ancianos.
¿Nos preparamos para ello? Educar para la vejez significa que
tenemos que ser capaces de aceptar la propia realidad de la vejez; aceptar
la verdad del propio ser. Las cirugías estéticas ¿no
son, de alguna manera, un escondite a la verdad? Mediante dicha práctica
(para quien pueda costearla) se puede parecer más joven en ciertas
partes del cuerpo, pero no por eso se es más joven, ni siquiera
se puede disimular la vejez en todo el cuerpo. Una de las exigencias
de hoy en el mundo laboral es la buena apariencia, y hace el efecto
de que esa buena apariencia va asociada a los cuerpos esbeltos y jóvenes.
¿Por qué hay que suponer que lo viejo es feo?
Lo importante es educarnos en la actitud que asumimos ante el hecho
de nuestra propia vejez; ¿qué hacemos con la actitud?
Si nuestra actitud es positiva, la autoestima permanecerá en
buen nivel, y el anciano se aceptará a sí mismo en su
realidad sin depender obsesivamente de la imagen ante el espejo ni del
resultado de alguna cirugía estética, más o menos
bien lograda. La persona con buen nivel de autoestima no se siente fea
a ninguna edad, y sin ningún temor se mostrará siempre
tal como es, al natural.
Educar para la vejez incluye también educar para la soledad,
pues no pocas veces, esa es la realidad del anciano. Se puede poner
remedio a la soledad de muchas maneras, y si hemos sido educados en
la actitud de aceptación inteligente de la realidad, veremos
que también a la soledad se le puede sacar partido para crecer.
Educar para la espiritualidad.
Parece que hoy también esta palabra produce miedo o al menos
cierta perplejidad. Hablar de espiritualidad no está de moda,
o si se hace es para referirse, en algunos casos al menos, a unas prácticas
bastante sospechosas que aunque llevan el nombre de espirituales, son
poco de fiar a causa de su carencia de solidez y profundidad.
La espiritualidad no es necesariamente religiosa. Puede haber actitudes
de profunda espiritualidad, también en personas no creyentes,
y a la inversa, puede haber personas que se consideran muy creyentes,
pero que carecen de la más elemental espiritualidad. Como la
misma palabra indica, espiritualidad significa vida según el
espíritu; es decir, vida que no depende de los asuntos externos,
ni se rige por las veleidades a la moda de turno, sino que corresponde
a una profundidad interior, sólida, basada en valores perennes,
que sabe escuchar el silencio, y que produce una gran paz interior.
Por supuesto, para los creyentes, la vida espiritual se basa en la relación
con Dios, y tiene en la oración (oración seria y responsable)
la mejor de las ayudas.
Para un anciano así, es fácil mirar su larga vida como
una bendición de Dios, y la sabe vivir en clave de gratitud.
Este anciano se siente invitado no a entristecerse ante el pensamiento
de la muerte, sino a tenerla presente y vivirla con serena objetividad.
Es un hombre y mujer que vive la experiencia de que en la fragilidad
propia del anciano Dios hace maravillas. (Pérez – Cotapos:
Testimonio. ib. La ancianidad en la Escritura.)
José Luis Ysern de Arce.
Doctor en Psicología
Chillán. Septiembre 2002.